Del dominio de los motivos

Hugo JACOMET

Del dominio de los motivos

Gentlemen,

Volvemos a publicar hoy nuestros artículos – muy solicitados – dedicados a los fundamentos de la elegancia masculina (siendo la labor de Alan Flusser nuestra principal fuente de inspiración) con la inauguración de una serie apasionante dedicada a los motivos, a su dominio y a su combinación.

La primera buena noticia que es preciso recordar es que la elegancia no depende de la complejidad de la asociación de varios motivos; la mala noticia, no obstante, es la siguiente : si ustedes desean elaborarse un estilo indumentario personal que no sea repetitivo, deberán familiarizarse con las pautas, complejas, de la combinación armoniosa de los motivos porque dominarlas es un must. En efecto, sería el arte de vestirse una costumbre bastante monótona, de no obligarse a reflexionar sobre el interés visual que resulta de la combinación de los numerosos motivos que se encuentran a su alcance.

Sin embargo, eso no significa que un atuendo rico en motivos sea inevitablemente más deslumbrante que un atuendo más sencillo; sabemos, no obstante, que el caballero elegante necesita frecuentes cambios.

Un día, lo vemos llevar un atuendo de los más austeros y al día siguiente, le han venido unas ganas insaciables de experimentar un atuendo mucho más audaz.

En cambio, cual sea la razón (o la ocasión) de cambiar de atuendos, ser capaz de pasar del uno al otro es un talento esencial que toda persona que se considera elegante debe poseer. Desde el punto de vista práctico, ser capaz de armonizar unas prendas con motivos distintos añade una versatilidad cierta a un armario, incluso modesto, y aumenta el número de posibilidades, sobre todo cuando uno viaja con un número de maletas limitado.

El espectacular ascenso de los motivos como señal de sofisticación remonta a principios de los años 1920, cuando los hombres, aburridos ante la monotonía de las prendas de la primera guerra mundial, empezaron a llevar atuendos más informales.

La aparición de los motivos simboliza también el fin del estilo victoriano rígido y muy codificado de la preguerra y marca el acceso de un estilo más libre y menos estirado.

Se sabe que el apuesto Príncipe de Gales instauró numerosos fundamentos útiles para el caballero contemporáneo, pero su contribución más significativa viene sin lugar a dudas de su gusto insaciable por las mezclas de motivos que en él, a veces, rayó en la obsesión.

Durante toda su vida, el Príncipe fue fotografiado vestido con atrevidas mezclas de cuadros, rayas o demás tartanes que siempre llevaba con un aplomo y una naturalidad desprovistos de arrogancia y de rigidez. Su talento excepcional para vestirse permanecerá para siempre en los anales de la elegancia moderna y su gusto por las piezas con motivos se ha convertido, con el fluir de los años, en una parte integrante de la identidad británica, como lo es su pertenencia a la familia real.

La aristocracia inglesa de la época solía pasar mucho tiempo en el campo. Este modo de vida se reflejaba en su ropa con grandes motivos y en su colores bastante audaces.

La influencia escocesa del Castillo de Balmoral, uno de los reales pabellones de caza, contribuyó a introducir el uso tanto de los motivos a cuadros característicos de estas regiones (los “district checks”) como de los tartanes en los atuendos rurales; en aquella época, se solía ofrecer lotes de tartanes, tweeds y otros plaids de los Highlands a los huéspedes e invitados.

He aquí algunos ejemplos :

The Prince of Wales

The Seaforth

The Glen Urquhart Check

The Ing

The Dupplin

The Scots Guards

The Kinlochewe

The Fannich

The Lochmore

The Ballindalloch

The Glen Moriston

The Mar

The Gairloch

The Erchless

The Invercauld

The Brooke

The Benmore

The Coigach

The Dacre

The Small Glen Urquhart

The Russell

The Guisachan

The Horse Guard

The Glenfeshie

The Strathspey

Como solía decir André Maurois, filósofo y ferviente anglófilo : “había algo demasiado afectado y fingido en la desenvoltura tal como se concebía en el continente. Por el contrario, los ingleses sabían ser desenvueltos con naturalidad y por consiguiente, realmente elegantes.”

Vivas mezclas de colores y de motivos se desplegaban a fin de dar un aspecto más caluroso y menos formal a las casas solariegas inglesas, tradicionalmente frías y austeras.

Al contrario de otros jóvenes de su linaje, el futuro rey de Inglaterra dedicó gran parte de su vida y de su adolescencia a la elaboración y al porte de atuendos muy coloreados, ricos en símbolos reales, militares y familiares. De allí su ropero tan diverso y extenso, que le hizo contratar a cuatro personas a jornada completa para transportarlo cuando viajaba el Príncipe de Gales.

Si nos fijamos en los códigos indumentarios muy estrictos que imperaban en su infancia, con esa disciplina y esa atención a los detalles que rayaba en el fetichismo, uno no debe sorprenderse del hecho de que el Príncipe de Gales acabó rechazando los principios del formalismo edwardiano de sus progenitores. Partiendo de allí, creó un auténtico estilo caracterizado por una elegancia relajada y una desenvoltura que se convirtió en una fuente de inspiración para el mundo entero.

Este enfoque indumentario fue luego importado a los Estados Unidos por los estudiantes de la Ivy League que iban de vacaciones a Inglaterra y asistían a las carreras de remo de Oxford y Cambridge. Muy temprano, los caballeros del mundo entero imitaron en su gran mayoría el Príncipe de Gales a la hora de elegir qué prendas debían llevar consigo en sus viajes y durante las manifestaciones deportivas. Empezaron a comprender que la combinación de varios motivos en un mismo atuendo les daba un suplemento de alma en términos de distinción y de urbanidad.

Continuará,

Cheers, HUGO