El complejo de
la procedencia: la
nueva enfermedad
de las marcas

Hugo JACOMET

 

Gentlemen,

Esta mañana, la BBC se hacía eco de una historia asombrosa y particularmente esclarecedora sobre nuestra época: el gigante de la telecomunicaciones Verizon acaba de descubrir que uno de sus ingenieros en desarrollo informático, quien recibía un buen sueldo, subcontrataba su trabajo a… una empresa informática china por… ¡la quinta parte de su sueldo anual! El artículo completo está disponible aquí : BBC NEWS.

En concreto, este ingeniero por lo menos astuto iba cada día a su despacho para jugar en línea, surfear por el internet y chatear con sus colegas. Y lo más sorprendente en esta historia es que el trabajo proporcionado por el “subcontratista personal” del bueno del ingeniero era absolutamente perfecto y ¡siempre entregado en los mejores plazos! Por lo demás vale la pena subrayar que Verizon no despidió al ingeniero por motivos de productividad o de calidad sino por motivos de seguridad, de secreto industrial y, más importante aún, de imagen porque para una “major” como Verizon, el vocablo “China” asociado con su nombre no es, ni mucho menos, un tema de comunicación fiable… Ah, ¡qué malitos son estos chinos ávidos de contratos que vienen para robar los escasos recursos de nuestras industrias exangües y corromper a los más dotados (y más ociosos) cerebros europeos!

Esta historia sabrosa y la comunicación de Verizon sobre el tema, que busca demostrar claramente que la empresa no tiene por supuesto nada que ver con los malos de los Chinos, me lleva a abordar un tema poco tratado en la “Gran Prensa”: el del “complejo” de la procedencia de los productos o servicios. O para decirlo de otro modo, cómo las empresas (grandes o pequeñas) intentan ocultar – a cualquier precio – la procedencia de sus productos cuando éstos se subcontratan en países peligrosos para la imagen de la casa (piensen ustedes: China, Rumania, Camboya and Co) o, a la inversa, buscan – todavía a cualquier precio – a sobrevender cualquier pedacito de historia “noble” con el que su empresa se encuentra relacionado, incluso de (muy) lejos…(como los clásicos “and sons” de los que nadie se acuerda, ni siquiera dentro de las casas en cuestión).

Este complejo de la procedencia, una verdadera epidemia que parece difundirse a toda máquina por el mundo industrial occidental, afecta con fuerza, y quizás más que todos los demás, el mundo del vestuario masculino clásico en el cual algunas casas (algunas de ellas muy famosas) usan y abusan de subterfugios de comunicación para ocultar, a menudo con torpeza, la procedencia de sus productos.

Hemos sido por lo demás los testigos recientes de esta práctica cuando una casa de trajes para caballeros a quien se preguntaba de dónde procedían sus productos contestó (en Twitter) valiéndose de un glorioso “no se fabrican nuestros productos en Francia pero sí en países renombrados por su calidad”. Traduzcan: “no fabricamos en Francia ni en Italia ni en Inglaterra sino… en otros lugares.”

Esta información que a todo el mundo le importaba un pito hace sólo unos cuantos años ¿se habría vuelto discriminadora? Los consumidores (y sobre todo los hombres interesados por la propia elegancia) ¿se habrían vuelto, de repente, unos Robin Hood de la defensa del “made in France o Italy o UK” o de las relocalizaciones? No. Porque si bien los consumidores parecen efectivamente estar atentos a los productos que se fabrican en su país (a veces incluso su región), dicho criterio todavía no tiene peso frente al criterio económico. Entonces, ¿por qué las empresas, y precisamente las casas que operan en el sector que nos interesa, ponen tanto celo en NO revelar esta información cuando esta última no está “en su favor”?

Aunque es muy sencilla la respuesta (se trata de justificar tanto los precios de alta gama como un marketing de la tradición y de la calidad que conviven, es verdad, bastante mal con las etiquetas “made in China”), pienso personalmente que esta práctica, en el mejor de los casos “borderline” y en el peor, deshonesta, está pasada de moda y hoy, incluso tiende a crear el efecto contrario del que se busca en términos de credibilidad…

Por lo demás y para ser justo, no es inútil recordar que, en nuestro sector textil masculino, las líneas se han desplazado durante los últimos años y que algunas comarcas antaño poco reputadas por sus habilidades son, paradójicamente gracias a nosotros, ahora sinónimas de calidad y de serio. Es el caso por ejemplo de Portugal que se ha convertido en unos cuantos años en una excelente opción para la fabricación de trajes o de calzados de calidad o de Turquía donde las habilidades sartoriales son culturales e innegables (proporciona no poca mano de obra a los salones de alta costura en todas partes en el planeta). Y los ejemplos (y contraejemplos en el caso de Rumania) son muy numerosos…

Nos parece pues, por todos estos motivos, que el tiempo de la transparencia ha llegado definitivamente en un mercado donde, además, el nivel de educación, y por eso de perspicacia, de los hombres ha cambiado muchísimo y donde es cada vez más difícil hacerles tragar ruedas de molino y cuentos chinos.

Por lo demás, algunas casas que conocemos nunca han comido de este pan y demuestran desde siempre que no mentir sobre la procedencia de los productos sólo ha sido un problema en la mente de los marketeadores-seguidores que todavía no han comprendido que los tiempos han cambiado…

Sobre este tema, Timothy Everest nunca ha ocultado el hecho de que su prêt-à-porter (dicho sea de paso muy correcto con una excelente relación calidad/precio) se fabrica en Portugal, que es también la patria de Carlos Santos, un zapatero de calidad que fabrica calzados de gran tradición para numerosas casas prestigiosas. Del mismo modo, España posee una auténtica pericia en materia de calzados de alta gama (sobre todo en los Baleares con la manufactura Carmina Albaladejo) y de vestuario clásico. Y podríamos también citar Turquía, Croacia, Marruecos y por supuesto India y China. La primera porque la industria textil británica tal como la conocemos le debe mucho (verdad que hubo un tiempo, no tan lejano, en que las deslocalizaciones se hacían – a marchas forzadas – en sentido contrario), la segunda porque en algunas producciones China empieza a salir del apuro en términos de calidad…

Por fin, y es todavía un tema casi tabú, cabe recordar que un “Made in France” no es necesariamente sinónimo de calidad, ni de fiabilidad y mucho menos de respeto de las tradiciones… pero esto es otro tema.

En una época en que los hombres, cada vez más educados en materia de elegancia personal, parecen realmente orientarse hacia la calidad con, además, la educación para juzgar por sí mismos, nos parece que el famoso complejo de la procedencia no tiene motivo para existir y que las mentalidades y las costumbres relativas al tema van a cambiar.

Y si bien nos encanta el giro positivo de una manufactura de calzados como la de Corthay en las afueras de París o el éxito planetario de los pañuelos de batista y linón de lujo de la casa Simmonot-Godard (ubicada en Cambrésis), debemos ahora, señal de los tiempos, también aprender a reconocer la pericia de otras comarcas y a respetarlas cuando nos proponen productos de calidad.

Después de todo, supimos sacar partido de estos países en el pasado para disfrutar (aunque brevemente) pagando un precio no muy alto…

Cheers, HUGO