A falta de fin del mundo, ¿el fin de un mundo ?

Hugo JACOMET

A falta de fin del mundo, ¿el fin de un mundo ?

Gentlemen,

después de haber salido al fin y al cabo indemnes mucho más del fin del mundo que de la cena familiar de Nochebuena – un verdadero tsunami calórico seguido, generalmente, de un apocalipsis digestivo – volvemos hoy a nuestras aventuras sartoriales con una pregunta simple pero que nos parece caer muy a propósito : a falta de fin del mundo, ¿no estaríamos presenciando el fin de un mundo?

O para decirlo de otro modo, ¿no hemos estado mirando el dedo cuando el sabio (sea de la Antigüedad o contemporáneo, Maya, Romano o qué sé yo) nos estaba enseñando la Luna?

Este título, – “el fin de un mundo” – era por otro lado el de un excelente programa de Yves Calvi “C’dans l’air” emitido hace tres días en el cual el no menos excelente Philippe Dessertine (profesor de economía en la Universidad de Paris X) nos explicó de cabo a rabo por qué estábamos presenciando, a falta de apocalipsis planetaria, al fin de un ciclo de este mundo que acaba de vivir, desde hace más de un siglo, una serie de mutaciones de una amplitud absolutamente gigantesca.

En este mismo programa, Freféric Lenoir, director de Le Monde des Religions (El Mundo de las Religiones) e investigador asociado a la EHESS (escuela de estudios superiores en ciencias sociales) explicó que, sencillamente, ¡hay una mayor diferencia entre el mundo de hoy y el de 1900 que entre el de 1900 y la Antigüedad!

El debate, como siempre muy interesante, se enfocaba en la formidable paradoja en la que se encuentra nuestra economía y nuestra sociedad : para resumir simplemente, el modelo de crecimiento como motor único de la economía mundial se encuentra sin aliento por no decir que está agonizando. En efecto, mientras todos los gobiernos, sobre todo en la Eurozona buscan desesperadamente las famosas “palancas de crecimiento”, que se nos presentan (a falta de ser identificadas) como la única vía de desarrollo en esta crisis planetaria, la verdad de los hechos y de las cifras es como una bofetada : si todos los países ofrecieran mañana por la mañana, por milagro, una tasa de crecimiento del 4% (lo que, tranquilicémonos forma parte hoy de un mundo de heroic fantasy), el planeta y sus 7 mil millones de habitantes estaría a punto de sucumbir, mecánicamente, en términos de recursos naturales, de capacidad a controlar esta progresión exponencial de la demografía y las necesidades en alimentos y energía que acarrearía esta progresión… Estamos pues, globalmente, cogidos en las mallas (¡!) de la red de una extraordinaria paradoja que, nos guste o no, va a forzarnos a reinventar nuestro modelo de civilización o, más humildemente, a aceptar el hecho de que este modelo dista mucho de adaptarse a los gigantescos retos de nuestra época.

Y nosotros, ¿qué pintamos en este mundo? ¿Qué relación tiene eso con nuestro tema de predilección a primera vista y en apariencia algo más “superficial” que estos debates de civilización?

Pues, el mundo de la elegancia masculina clásica, si se toma el tiempo de considerarlo bajo este ángulo sociológico, constituye un formidable espejo que agranda las mutaciones en acción en nuestras sociedades occidentales.

Y, para ir aún más lejos, constituye también un excelente laboratorio de análisis de los cambios de comportamiento dado que se trata, además, de uno de los pocos sectores de actividad en el mundo que conoce en la actualidad un crecimiento de dos dígitos y que es objeto de colosales inversiones en el planeta entero.

En una época en la que palabras como “razonable” o mejor (para nosotros), “medido” vuelven a aparecer tímidamente en la semántica económica actual y vienen poco a poco sustituir (¡por fin!) los superlativos consumistas salidos del fantasma del crecimiento infinito, una mirada a la mutaciones en acción en nuestro ámbito ofrece un excelente enfoque de las profundas mutaciones que obran en nuestras sociedades.

En tanto salimos apenas de un periodo muy largo – desde el fin de los años 50 – durante el cual la confección y el marketing de masa dominaban totalmente y durante el cual los oficios tradicionales del ropero masculino (sastre, zapatero, camisero, marroquinero-maletero…) por poco desaparecen por falta de clientes y de vocaciones, asistimos, desde hace unos cuantos años, a un cambio espectacular de la situación y es imposible no ver cuan general es la tendencia: hace poco, usar la iconografía de los talleres y de los gestos de la tradición para comunicar sobre una marca habría sido cualificado de “rancio” y aún peor de “nostálgico” (el peor insulto en el mundo maravilloso, joven y dinámico de la publicidad). ¡Dense ustedes cuenta! Hacer la promoción de los gestos lentos y minuciosos y sacar a la luz unos talleres polvorientos no es lo que los jóvenes creadores de las agencias de publicidad y de marketing han aprendido en la escuela donde los fantasmas del crecimiento infinito, de la “modernidad” a cualquier precio y del “culto de los valores juveniles” siguen (muy) vigentes…

Y, sin embargo, cabe constatar que hoy, y sin juzgar la dudosa legitimidad de ciertas casas que lo practican, el marketing de la tradición (y particularmente del universo de los talleres) es una de las fuertes tendencias de la comunicación de estos últimos años. Entonces, como es de suponer, no nos ofusca el hecho de que unas casas de Savile Row como por ejemplo Richard Anderson, usan, legítimamente en este caso, unos códigos visuales directamente sacados de la sastrería. Después de todo, aún cuando la mayor parte del prêt-à-porter de estas casas de tradición ya no se fabrica bajo el cielo nebuloso de Mayfair, un sastre tiene el derecho legítimo (cuando se respeta la calidad) a comunicar hablando de sus raíces, de sus valores y de su ADN.

Lo mismo vale para Kiton: en vez de los habituales modelos presumidos e indolentes (hombro napolitano obliga) que ocupaban las doble páginas de papel glaseado desde hace décadas, la casa de Nápoles usa hoy una iconografía a propósito más “auténticos” que pone en escena el universo de los talleres.

Pero, ¿cómo interpretar esta tendencia fuerte de la comunicación? ¿Qué mutaciones de la civilizaciones obran detrás de los bastidores? ¿La sastrería y la hechura a medida les harían soñar al gran público y a los jóvenes? La imagen del sastre de la que unos se burlaban en los años 80, con sus tizas, sus patrones de cartón y sus tijeras habría llegado a ser más sexy?

Por lo que se refiere a la imagen de los oficios de tradición frente a, sobre todo, los franceses, cabe sin embargo guardar la calma y la medida (como se debe) porque, como lo explica acertadamente Pierre Corthay en una de las secuencias de la ahora famosa película “la Beauté du Geste” (la Belleza del Gesto” para los que no lo saben, una película producida por PG para la casa Corthay y el Grupo Edmond de Rothschild): “Cada vez más personas redescubren el buen trabajo artesanal. Todo el mundo alaba, con trémolos en la voz, la artesanía tradicional, su calidad, su contemporaneidad, su grandeza, su potencial intacto… pero es verdad que cuando se trata de sus hijos, los padres prefieren sin vacilación que vayan a estudiar en clases preparatorias de matemáticas o literatura…” Entonces, si bien estos oficios tienden a volverse poco a poco más atractivos acerca de los jóvenes adultos, el problema de la mano de obra, por definición ultra cualificada, sigue siendo muy sensible. Pero es un tema en sí que ya hemos tratado y que volveremos a tratar en estas columnas.

LA CRISIS ECONÓMICA:

En un periodo económico conmocionado (dulce eufemismo) e incierto, los consumidores tienden, consciente o inconscientemente, a focalizarse en la calidad, la comodidad, la ergonomía, el valor y la durabilidad.

Y, dado que este fenómeno se produce en el momento en el que el sector de la elegancia masculina clásica está en pleno auge con una oferta pletórica y una retahíla de nuevas casas que, en la mayoría de los casos, han apostado por la calidad, resulta de eso el hecho de que muchísimos hombres redescubren ahora el placer de llevar una chaqueta sport impecablemente cortada, el placer de tocar un tweed espeso para el campo o la emoción de llevar unos zapatos de gran medida o un bello objeto de marroquinería.

Éste es el efecto “mecánico” positivo de los periodos de crisis: los hombres, por obligación, vuelven a plantearse la cuestión de la calidad de fabricación. « Quality is remembered long after price is forgotten. »

LA EDUCACIÓN:

Segundo factor responsable de estas mutaciones: el interés renovado de los hombres por el tema de la elegancia personal y por consecuencia, su nivel de educación por la indumentaria que va aumentando de modo exponencial. Si bien hemos sido en PG, dicho esto con humildad, uno de los actores de este movimiento de fondo, seguimos a menudo (y favorablemente) sorprendidos por la amplitud del fenómeno. Basta con observar, para convencerse, como las palabras “sartorial” o “bespoke” han entrado en el vocabulario de muchos hombres cuyo nivel de educación – sartorial quiero decir – no tiene nada en común con lo que era siquiera a principios de los años 2000…

¿Quién habría pedido expresamente unos ojales Milaneses, un montado de hombro “Con Rollino” o incluso, sencillamente, una chaqueta entretelada a mitad hace 10 años? ¿Quién se habría planteado la cuestión de la altura de la muesca de la solapa según la propia morfología? ¿Quién habría podido explicar, no siendo profesional del sector, las ventajas de un montado Blake bajo hendido en un calzado de prêt-à-porter? Y quién se sentía preocupado por el “No Brown in Town” después de las 6 de la tarde? Nadie.

Bueno, confieso que formo parte de los que no se sienten preocupados, todavía hoy y sin duda más que nunca, por esta regla la mar de británica… sobre todo cuando me siento satisfecho por la patina verde aceituna de los calzados que llevo hoy. Pero, por lo menos, ¡sé de qué se trata! (Para que los lectores me sigan, la regla “no marrón en la ciudad después de las 6 de la tarde” concierne los zapatos. En el Reino Unido, está bien visto llevar zapatos negros después de las 6 de la tarde… excepto en el campo por supuesto).

Hoy en día, es indiscutiblemente cada vez menos raro encontrar a gentlemen que saben que un hombro Napolitano no es una receta de cocina, que Good-Year no es únicamente una marca de neumáticos, que Savile Row se escribe con una sola “l” y que un pañuelo Simonnot-Godard “plegado” a mano no se refiere a una práctica de la industria del cartonaje.

Este “mero” hecho ha tenido por consecuencia modificar de modo considerable la relación entre el cliente y el vendedor y sobre todo mejorar el nivel de exigencia de los consumidores cada vez más curtidos y educados.

El impulso a informarse, a leer libros, los blogs, los foros y los sitios de referencia, así como la capacidad a obtener en permanencia una información precisa, específica, fiable y pletórica sobre la elegancia de los hombres está revolucionando – y mido mis palabras – el sector entero porque la educación es la clave de todo y modifica profundamente la estructura de un mercado.

¿DEL “MADE IN…” AL “BACK IN…”?

Éste es un fenómeno mucho más reciente en el ámbito del vestuario masculino, los hombres vuelven poco a poco a interesarse por no sólo la calidad (y los métodos) de fabricación de los productos que compran sino también por su… proveniencia.

La excelente revista Monocle (monocle.com) ha dedicado por lo demás un artículo sobre este tema en su último número bajo forma de una mesa redonda cuyos mejores momentos han sido transcritos en la revista y cuya integralidad es accesible en la radio de Tyler Brûlé, Monocle 24.

Este artículo debate titulado “Makers and Shakers” reagrupa a 4 empresarios británicos de los sectores del calzado, del vestuario masculino, de los vaqueros y de la marroquinería.

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Extractos de « Makers and Shakers »

© Monocle 59 por Sophie Grove

Monocle :

“Till Reiter, ¿opina usted que sus clientes se sienten preocupados por saber DÓNDE se fabrican sus productos?

Till Reiter (Presidente de la casa centenaria Ludwig Reiter, zapatero en Viena):

En general, no creo que esto sea completamente verdadero porque los clientes se sienten preocupados por los precios, las marcas, las tendencias y la innovación tecnológica. En cambio, a NOSOTROS nos preocupa fuertemente este tema por varios motivos y sobre todo porque es una ventaja enorme desde un punto de vista logístico tener su centro de producción en el propio mercado y no en el extranjero.

Monocle :

“David Hieatt, le he pedido que participe en este debate porque su casa (Hiut Denim, vaqueros fabricados en el País de Gales) actualmente está dando la prueba de que la producción de calidad puede perfectamente sobrevivir y prosperar en nuestros países. Opina usted que a sus clientes les interesa la proveniencia de sus productos?”

David Hieatt (Presidente de Hiut Denim en Cardigan) :

Opino efectivamente que esto empieza a suscitar su interés. Vivo en una pequeña ciudad de provincia (Cardigan en el País de Gales) que solía producir en el pasado unas 35000 vaqueros por día y eso duró 40 años. Y se dio el caso de que, un día, las puertas de la manufactura se cerraron, brutalmente y todas estas competencias se encontraron inutilizadas porque la mayoría de los obreros no tenía la posibilidad de utilizar sus habilidades en otro ámbito. Por eso, decidí, hace unos cuantos años, que mi ciudad iba a producir vaqueros de nuevo. Pero debemos seguir cautelosos: no pienso que se pueda llevar a cabo un business próspero sólo a base de buenos sentimientos.

Alan Lewis (Presidente de la casa bicentenaria Crombie que acaba de anunciar que estaba a punto de repatriar la integralidad de su producción en el Reino Unido):

Estoy de acuerdo con lo que acabo de oír. Tomemos el ejemplo de nuestro abrigo “The Crombie”: es una pieza icónica que vendemos desde hace 200 años. Nuestros clientes aprecian la calidad británica porque es una de las más reputadas en el mundo pero no podemos contentarnos con sólo decir que nuestros productos se fabrican en el Reino Unido sin más precisión. Como se ha dicho, el tema no es sólo la proveniencia sino también – y sobre todo – la calidad de la fabricación. La clave, en mi opinión, se sitúa pues en el nivel de excelencia de nuestros artesanos. Y la única manera de alcanzar de nuevo este nivel de excelencia consiste en volver a darles a los artesanos y a su gremio el respeto y la consideración que merecen.

Monocle : 

Detengámonos un momento en esta idea de respeto y de valorización de los oficios de tradición. ¿Es un punto importante el “estatus” de los artesanos? ¿Debemos cambiar algo en Europa para por fin regenerar y hacer revivir nuestras manufacturas?

Reiter :

Desde mi punto de vista, si queremos que los oficios artesanales vuelvan a ser atractivos para los jóvenes, eso debe venir del mismo mercado. Porque si los consumidores – cada vez más educados – aprecian tales productos y si están listos a pagar el precio adecuado, entonces se hará cada vez más fácil contratar a jóvenes y proponerles un oficio atractivo.

Hieatt :

Pienso que la gente redescubre la calidad y que el respeto y la admiración de los oficios artesanales están volviendo en fuerza. Fabricar productos de calidad con métodos tradicionales en su propio país tiende a forzar el respeto.

Lewis :

Ustedes no deben nunca subestimar la mentalidad de los empresarios británicos. Nosotros invertimos masivamente. Numerosas antiguas fábricas van renaciendo como centros de excelencia o de innovación y trabajamos de concierto con las universidades para asegurarnos de que ponen en plaza las carreras idóneas para formar maestros artesanos. Este cambio capital está produciéndose. Pero debemos ir rápido para no perder la ola.

Monocle :

Hablemos del papel de sus fábricas en este proceso. Gary, ¿cuál es la importancia de su manufactura en la identidad de su casa?

Gary Bott (Director de la creación de Globe-Trotter, casa de maletas de lujo instalado en Broxbourne, Hertfordshire) :

Nos interesa precisamente esta cuestión en la actualidad y vamos a mostrar cada vez más esta parte de nuestra actividad porque a nuestros clientes les interesa indudablemente nuestro proceso de producción. Esto les ayuda a comprender el producto y el valor que representa en términos de habilidades. Vamos volviendo poco a poco a la noción de “sello” y de producto de gran tradición. Por lo que concierne a los jóvenes que no encontrarían a estos oficios bastante “glamour”, consideramos que a nosotros nos toca educarlos mostrándoles que participan en la fabricación de algo especial.

Monocle :

Till, su manufactura de Viena es absolutamente magnífica. ¿Forma parte integrante de la marca y de sus valores?

Reiter :

Desde que decidimos abrir las puertas de nuestra manufactura al público es indudable que nuestros clientes comprenden mejor nuestros productos y aprecian su valor. El otro efecto positivo concierne nuestros artesanos que se dan cuenta de que su trabajo es apreciado y respetado. Desde un punto de vista económico, incluso hemos observado, con la apertura de nuestras puertas al público, que la productividad había mejorado sensiblemente.

Monocle :

Quisiera abordar con usted el tema de la ética. ¿Hay una dimensión moral y filantrópica en todo esto?

Lewis :

Todas nuestras unidades de producción han sido fundadas sobre una base filantrópica. Pienso por lo demás sinceramente que un gran número de creadores de riqueza son concernidos por la filantropía porque, de no ser el caso, ¡amasar dinero por el placer de amasar dinero sería estúpido! El camino ideal consiste más bien en crear riqueza para el bien común y para proteger (y desarrollar) las habilidades locales. Nuestro nuevo edificio de Slaithwaite es un buen ejemplo de lo que digo: 700 personas trabajaban aquí en el pasado para producir los mejores hilos del mundo. Acabamos de reabrirla para allí instalar un centro de innovación para focalizarnos más que nunca en el desarrollo de las competencias a nivel local y sobre la innovación.

Monocle :

¿Hay argumentos financieros racionales a favor de la relocalización de las unidades de producción en el Reino Unido o a favor de una producción realizada localmente?

Reiter :

¡Por supuesto! Si tales argumentos racionales no existieran, no lo haríamos porque no sobreviviríamos. Somos una pequeña empresa familiar y no podemos permitirnos un enfoque mayormente filantrópico. Pero los hechos parecen abogar por nuestra conducta porque el consumidor de hoy, mucho más educado y sofisticado, parece que está listo para pagar el precio correcto para un buen producto. Uno de los demás mayores argumentos concierne la logística: si, como es nuestro caso, ofrecen ustedes productos por “pedidos especiales” (made-to-order ndt), es obviamente mucho más racional producir localmente en términos de costos de transporte, de reactividad, de control de calidad y de capacidad a anticipar las tendencias estilísticas.

Lewis :

Estoy de acuerdo. Por lo demás, los países de producción “low-cost” como China, se enfrentan hoy con grandes dificultades sobre todo para encontrar y formar una mano de obra de calidad. Los jóvenes chinos parecen en efecto no querer trabajar más en estas fábricas gigantescas… Podemos decir pues que es a partir de ahora de nuevo posible producir en Europa.

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Este artículo interesante (como siempre ocurre en la revista de Tyler Brûlé), ¿habría podido redactarse hace sólo 3 o 4 años? Claro que no. Y para una generación de hombres como la nuestra, habiendo nacido en medio de la crisis y sin haber conocido nada más que los “made in China” o, en el mejor de los casos, “in Taiwán”, este artículo cae como una bomba.

La globalización, ineluctable, ¿no condenaría al fin y al cabo los productos tradicionales “made in France, England, Italy o Spain”? ¿Estaríamos viviendo el fin “de un mundo”?

Hasta cuando a las etiquetas tantas veces fantasmadas “Back in England” o aún más fuerte “Back in France”?

Cheers, HUGO