Pequeño tratado de Sprezzatura

Hugo JACOMET

Gentlemen,

En el número de enero de 2010 de nuestra revista favorita (The Rake), el ilustre teórico de la elegancia Bruce G. Boyer nos regaló un magnífico artículo que intentaba explicar la famosa “desenvoltura estudiada” tan cara a los elegantes italianos.

A partir de este artículo que nos llamó mucho la atención, se nos ocurrió preparar un pequeño tratado de Sprezzatura destinado a todos los que quieran cultivar el arte sutil de la elegancia, hábil mezcla de elementos de estilo barroco, de decadencia algo cínica y de dejadez completamente fingida.

No creas demasiado en la sinceridad de la apariencia de la gente”. Así advertía el gran escritor epistolar Lord Chesterfield a su hijo. “La vida es más agradable si se ve a la gente tal como es y no tal como parece ser”.

Original y delicioso a pesar de hipócrita.

Ésta es una lección importante y me parece que la hemos olvidado hoy : la idea de cortesía radica también en las pequeñas mentiras, en el pecado de omisión, el cumplido inofensivo, la liviandad descuidada y la habilidad para disimular los propios esfuerzos. Los pequeños refinamientos, o los modales como se solía decir antaño, desempeñaban el papel de aceite en la rueda de las desigualdades sociales.

Ahora bien, parece que hoy, por todas partes, se habla de conflicto social. La moda mediática del momento ya no se fundamenta en la idea – tan preciosa – del derecho del individuo a la intimidad pero sí en el derecho del público a la revelación permanente y al voyeurismo. El horrible eufemismo político actual para describir esta desviación es “la transparencia”, o sea la convicción muy inocente y nociva a partir de la cual se admite que vida privada y vida pública deberían ser dos esferas inseparables. O mejor dicho que la gente no debería tener en absoluto una vida privada.

Sin embargo nosotros seguimos preguntándonos: ¿quiénes somos para meternos en los asuntos ajenos y pasarlos descaradamente por la criba con linterna cegadora? Consideren inútil esta pregunta, si quieren, pero quizás haya llegado la hora para que nosotros, los investigadores en estilo, seamos un poco hipócritas si queremos conservar alguna que otra intimidad. Consideremos estas mentiras como necesarias, como por ejemplo la ironía defensiva, una especie de armadura invisible contra la trivialidad y el pensamiento único de un mundo mediocre en el que hemos de vivir.

¿No será tiempo de volver a familiarizarnos con las virtudes de un estilo público cortés? La Historia rebosa de excelentes ejemplos pero el hombre que mejor definió las características del estilo cortés y que teorizó magníficamente la diferencia entre la pose y la soltura era Baldassare Castiglione, el gran codificador del decoro en la época del Renacimiento italiano, época de grandes codificadores como hubo pocas.

Su tratado, El libro del cortesano (publicado por primera vez en Venecia en 1528), lo concibió como un manual destinado a los gentilhombres, una suma de ideales del decoro público en la época deslumbrante del Renacimiento italiano.

El tema del libro del cortesano plantea el problema siguiente : ¿Cómo debe uno presentarse ante los demás? ¿Cómo comportarse en medio de la palestra pública? La contribución de Castiglione a la literatura de buenos modales es la siguiente : defiende la idea según la cual la cortesía sólo alcanza la perfección cuando se acompaña de un sentido de la gracia (la Grazia) y pretende que la perfección en el refinamiento sólo se alcanza y se percibe gracias a un sentido particular del estilo al que da el nombre de Sprezzatura.

En inglés, esta palabra suele traducirse por “nonchalance”, pero la Sprezzatura no se limita a una forma de espontaneidad sincera, ni al instinto, ni a la naturalidad, ni siquiera a la voluntad de engañar o disimular. Para resumir, no se trata de liviandad.

Se trata por el contrario de la tentativa pensada de aparentar la naturalidad. Se trata de una desenvoltura estudiada y de una indiferencia fingida cuyo propósito es dejar adivinar un talento mucho más importante que aquel que se acepta lucir. Se trata de la habilidad a disimular el esfuerzo. El contrario, pues, del manierismo y de la grandilocuencia que odiamos.

Más recientemente, el escritor británico Stephen Potter publicó un libro humorístico sobre el tema y lo tituló Teoría práctica del juego o el arte de ganar sin hacer trampa. Potter aludía a la desenvoltura premeditada como “Juego”. De este modo, elaboró cierta cantidad de tácticas adaptadas a cada ocasión en la que a uno le gustaría lucir un sentido innato de superioridad. Pero, por supuesto, el juego radicaba en el mero hecho de poner por escrito las reglas tácitas que en realidad forman la base de las luchas y competiciones de la vida. Es una forma de Castiglione aligerado y sin embargo excelente lectura.

La Sprezzatura puede definirse como un sentido sutil de la facilidad, del encanto, de la tradición que disimula las fuerzas que obran en el trasfondo, el desorden, las dificultades, el esfuerzo. El efecto psicológico que resulta de este trabajo es una maestría tranquila que nos transporta y nos comunica este arrebato inesperado que nos hace tan felices.

Este sentido de la gracia elaborada, estos arrebatos de desenvoltura y de desequilibrios voluntarios se han convertido en ideales estéticos en varias ocasiones históricas. Esto se nota en muchos tipos de creaciones.

El jardín inglés del siglo XVIII por ejemplo, con sus prados y sus bosques, sus céspedes amenos y sus cenadores, es una perfecta ilustración de la voluntad de disimular el esfuerzo gracias al cual se alcanza una realización artística, haciendo creer que la forma sigue sometida a la voluntad de la naturaleza. Comparen el estilo de las praderas inglesas con los jardines a la francesa muy oficiales de la época en los que, por el contrario, se buscaba impresionar al espectador por la determinación del hombre en someter la naturaleza a su propia ambición y a su sentido estético cartesiano. O como lo ha subrayado el dramaturgo George S. Kaufman : “destinado a mostrar lo que Dios sería capaz de realizar con sólo tener dinero.»

Como lo explica Castiglione, la gran ventaja de la Sprezzatura radica en el hecho de que implica una grandeza disimulada, un potencial implícito hasta en los defectos que revela sutilmente. Es una actitud que les gustaba a los jinetes ingleses, a los hombres de la Regencia, de la América de Jackson y de la Francia del Directorio.

Es el estilo de la casa de campo inglesa, y de su expresión estadounidense, el estilo falsamente “casual” que reina en los cámpuses de la Ivy League: sus ”sack suits” discretos y sin padding, sus camisas de cuellos “button-down” desabrochados. La desenvoltura más pura de los que llevan mocasines “college” y calcetines de rombos con un traje. Una mezcla ingeniosa de buena educación monótona y de desenvoltura exuberante. Dos expresiones iguales de admirables de una reserva voluntariamente exagerada…

El estilo “Neo Preppy” domina ahora a nivel mundial, de Tokio a Toledo y sin embargo, no lo acompaña de veras la original Sprezzatura. Hoy en día, se le asocia cierta febrilidad. Todo el mundo se siente muy preocupado por querer parecer lo más relajado posible. En el mundo contemporáneo, la Sprezzatura se confunde cada vez más con “la escuela del Cool”. “Cool” es un término que usaban los afro americanos para caracterizar a una persona que sabía controlar sus emociones en caso de estrés o en tiempos difíciles. La noción de “cool” acabó por asociarse con el término “hip” forma estadounidense del existencialismo francés, sinónimo de desdén hacia las convenciones. Se trataba de la revuelta de una contracultura expresada contra la ética profesional burguesa y contra el consumismo “corporate”, sostenida por los herederos de la flower power de los años 1960 y 1970. Las asociaciones de estilos indumentarios específicos forman así una gama que va de James Dean a las camisetas hippies descoloridas con lejía.

Pero, ¿cómo alcanzar la Sprezzatura, esta despreocupación rebuscada que sirve de defensa entre la esfera privada y la pública? Existen algunas pautas, o mejor dicho unas cuantas indicaciones :

(1) una preferencia por unas prendas algo arrugadas en vez de prendas nuevas y lisas (sobre el tema, cabe mencionar el comentario de Nancy Mitford a propósito de la decoración de interiores: “las hermosas habitaciones son las que tienen un aspecto deslucido”); (2) un toque de excentricidad sentimental; (3) una preferencia marcada por las prendas que, por lo menos, parecen cómodas; (4) la idea de armonía/contrapunto, basada en un sentido absoluto de la confianza en sí mismo.

En su brillante biografía de Noël Coward, Cole Lesley da, no sólo un ejemplo pertinaz de la personalidad de Coward, sino también una lección útil de lo que podríamos llamar el arte del contrapunto.

Después de sus primeros éxitos como joven escritor, Coward fue invitado a una reunión del Club Tomorrow, un club de escritores entre cuyos integrantes se encontraba la mayor parte de los campeones de la literatura de entonces : John Galsworthy y Rebecca West, Somerset Maugham,  H. G. Wells, Compton Mackenzie, E. F. Benson y Arnold Bennett. Ya que desconocía los usos, Coward se puso un esmoquin y se encontró entre los demás invitados que vestían todos de modo relajado. Recorrió el salón con aire superior y se detuvo para decir: “insisto en que ninguno de ustedes se sienta a disgusto

Por decirlo de otro modo, lo que los demás consideran importante no debería serlo para usted y viceversa. Algunas buenas arrugas permiten distinguir al hombre maduro de un joven, porque invariablemente, el principiante siempre intenta parecer impecable y correcto – he aquí su gran error y la trampa en la que cae. Una vieja estratagema consistía en revelar esta tentativa de dignidad inmaculada y a aniquilarla. “¿Cómo hace usted para parecer tan cuidado? Yo, nunca encuentro el tiempo de arreglarme.” Y se solía repetir esta observación hasta que todo el mundo cayera en la cuenta de la propia vanidad y de la propia frivolidad.

La Sprezzatura es lanzarse en busca de la perfección al mismo tiempo que se les hace creer a todos que uno nunca se arregla.

La impresión de facilidad lo hace todo. Un caballero que combina perfectamente todos los colores de sus prendas es, a nuestro modo de ver, una persona que va demasiado lejos porque no expone su talento sino los esfuerzos que hace.

Total que todo se encuentra en los pequeños detalles : preferimos a Fred Astaire con una camisa desabrochada y un chaleco cruzado al duque de Windsor que acumula los estampados llamativos sólo para ver hasta donde puede ir en su atuendo. La ilusión más sencilla la describía Beau Brummell, el maestro de la elegancia, en una advertencia apócrifa bajo forma de un cuarteto lleno de autoburla:

Es verdad que mi fular requiere toda mi atención,
Nosotros los representantes de la elegancia nos reconocemos gracias a eso,
Y eso me cuesta cada mañana unas cuantas horas de esfuerzos
Para dar la impresión de que lo anudé de prisa y corriendo.

Beau Brummel lo sabía perfectamente, los principiantes siempre intentan alcanzar la perfección mientras que los elegantes curtidos (si así puedo decir) eligen el error calculado. En vez de esta tentativa de perfección condenada al fracaso, no hay nada mejor que lucir un atuendo bastante aproximativo y más bien oscuro, en vez de llevar en la pechera un logotipo trivial y vulgar.

La imprecisión es una garantía de seguridad. “¿Dónde compré estos calzados? Bueno, un zapatero me los hizo en una de estas diminutas tiendas destartaladas de las inquietantes callejuelas de Budapest. La tienda olía a búfalo muerto y montones de pieles alcanzaban el techo.” Mostrarse como un perfecto ignorante de lo obvio, no conocer su talla, o fingir no saber con qué tela se ha hecho la chaqueta que se lleva (“dicen que los soldados usaban esta tela para limpiar sus cañones en Crimea”) es siempre una buena solución. Para los demás es tan exasperante ver que su atuendo es tan perfecto a pesar de no tener ningún conocimiento sobre el tema.

Siempre se debe optar por la impresión de modestia y de desgaste y rechazar lo nuevo y reluciente.

Los mejores y más antiguos sastres de Savile Row, todavía consideran que de cierto modo han fracasado si alguien felicita a uno de sus clientes por la adquisición de su nuevo traje.

Me acuerdo de la primera vez que fui victima de esta estratagema, por cierto de modo muy eficaz. Estaba entrevistando a un gentleman, miembro de una de las más importantes familias de Filadelfia para un artículo sobre las prendas formales. Fui lo bastante ingenuo como para preguntarle dónde había comprado el esmoquin que llevaba. “Por favor, Señor…” dijo con voz cansina: “No compro mis esmóquines. Tengo esmóquines.” Y se alejó, dejándome en posición de inferioridad. “No he comprado prendas desde hace varios años” es una astucia casi imparable ya que cualquier respuesta puede hacerles parecer un tanto arribista o mezquino. Por supuesto, eso sólo funciona si su atuendo es efectivamente superior a lo que propone la moda del momento.

Además, uno puede mezclar estilos voluntariamente absurdos pero con finura. Devolvamos a César lo que es de César, los italianos han inventado y se han valido de esta pequeña astucia a la perfección. El Barbour que se lleva encima de una chaqueta formal o un abrigo beige perfectamente cortado con un vaquero descolorido y un viejo jersey de cuello vuelto de cachemir pueden dar una impresión deliciosamente desconcertante.

También es el caso de un gemelo abierto o de un pañuelo levemente arrugado o de un pantuflo usado que comunican el mensaje adecuado : se responde al caos universal con un desdén elegante. Este pañuelo de seda naranja subido que usted lucía con una chaqueta de hilera cruzada de franela, era maravilloso pero, ¿era el resultado de una selección atenta o sólo una elección precipitada y acertada?

Cultivar el arte de no parecer preparado es un must. Un amigo mío, diseñador, pasa mucho tiempo preparándose cada mañana antes de salir a la calle. Ahora bien, siempre pretende “haber cogido la camisa que estaba encima en la cómoda, nada más”. Es a menudo posible inventar nuevas combinaciones comprando prendas de segunda mano : tirantes procedentes de una tienda “vintage”, la vieja chaqueta de pesca de su padre, un largo abrigo de oficial del ejército francés, un viejo cinturón tipo Sam Browne comprado en una tienda de ropa americana de importación. Una astucia algo más elaborada consiste en darle un uso nuevo a un objeto antiguo : una caja de puros puede convertirse en estuche para gafas, la ancestral bolsa de pesca se vuelve un maletín, una vieja caja de clavos sirve para transportar unas pastillas de aspirina, ésos son ejemplos de deslices aceptables.

La Sprezzatura es la gran engañifa del estilo que se expresa dentro de las convenciones de la vida social. ¿No será la solución al tremendo dilema que vivimos cuando se lanzan al ruedo de la televisión o de sitios web los detalles más íntimos de la vida de la gente mientras que, al mismo tiempo, son cada vez menos numerosos los que se mantienen conscientes de las nociones de deber cívico y de responsabilidad? Quizás se debiera volver a abrir los viejos y polvorientos manuales de buenos modales y sacar provecho de la antigua noción de vida pública, la de un pasado en el que los modales eran muy distintos, incluso una vez cerradas las puertas. Se podría también volver a enseñar estos buenos modales en las escuelas.

Es el objetivo, ¿verdad? El arte disimula el arte, tal como lo entendía perfectamente el poeta inglés del siglo XVIII Alexander Pope : “La verdadera facilidad deriva del arte y no de la suerte; aquellos que han aprendido a bailar se mueven con más facilidad.»

De todo lo cual doy fe.

Cheers, HUGO